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Una meditación para acogernos a la paternidad de San José

Compartimos esta reflexión que nos habla de la paternidad de San José; una paternidad a la que podemos “adherirnos”. Para que, quien custodió a Jesús, nos guarde. Para que, quien salvó al Salvador, nos lleve a la salvación. Para aprender de él la gratitud y admiración ante las cosas de Dios.

¡Qué emocionante resulta para los padres cuando sus hijos dicen por primera vez “mamá” y “papá”!  Y se lo cuentan a todos: “mira, ¡dice mamá! A ver, dilo una vez más”.

¡Qué emoción y qué  sorpresa, para José, cuando el que era Dios le dijo por primera vez “papá”! No me imagino todo lo que habrá sentido, ni todo lo que habrá pensado.

Él, que al desposarse con quien le comunicó su deseo de permanecer Virgen, estaba seguro de que no tendría descendencia, inesperadamente y de manera milagrosa, ¡recibe un hijo! Y más que eso: ¡recibe a Dios! ¡Dios dormía, comía, reía, aprendía y rezaba en su casa, bajo su techo!

 

Pienso  que, con seguridad,  muchas veces José habrá meditado con emoción, abrumado por la generosidad divina: “Dios mío, esto ¡es demasiado! ¡Es demasiado…!”.

 

¿Se le habrá pasado la sorpresa a José, con el paso de los años? Yo creo que no: un alma tan delicada como la suya no se podría haber acostumbrado a cosas tan grandes.

Cada vez que  escuchaba que Jesús se presentaba como el hijo de Jose y Maria, su corazón se emocionaba. “Dios mío, ¡esto es demasiado…!”.

Una cosa que no solemos tener en cuenta es que Jesús, al ser Hombre, debió crecer en inteligencia y conocimientos como cualquier niño. De a poco, aprendiendo de los más grandes.

Las parábolas que contaría más tarde, habría aprendido de situaciones cotidianas, y por eso sabía que todos podrían entenderle.

Y,  cuando Jesús hablaba de Dios Padre, lo llamaba “Abba”, con el mismo término cariñoso que utilizaban los niños pequeños con sus papás y que la gente podría entender. ¿Pero de dónde lo había aprendido? ¿se lo diría también a José…? Probablemente así haya sido.

Jesús, al vivir como Niño el amor que José  le tenía como padre y al estarle sujeto como hijo, pudo conocer el ejemplo de la paternidad humana y filiación amorosa para explicar – de manera que todos entiendan y de manera en que todos pensasen en su propia infancia -, la Paternidad divina; pudo hablar a la gente de sus padres, para que pudieran empezar a hacerse una idea de que Dios también es un Padre (aunque, claro, infinitamente más perfecto).

Jesús y José  nos han enseñado que se puede ser padre – muy real y muy padre – desde el corazón, desde la acogida, desde la gracia. Y, justamente por eso, ¿no podemos ser también hijos espirituales de José? ¡Sí, si le pedimos!

¿No podemos ser también hijos espirituales de José? ¡Sí, si le pedimos!

 Artículo e ilustración de la cuenta Artifex Notes

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